El hombre que se quitó el sombrero pero no la cabeza.

Hubo un hombre a quien le gustaba pensar. Pensaba la realidad, la historia, el sentido de la vida, del ser. Pensaba también la fe. Algunos dicen que la fe no se piensa. Chesterton no lo pensaba así. Fe y razón, no eran en él un problema: al fin y al cabo, es Dios el que nos da la inteligencia. Entonces, ¿por qué para creer debería renunciar a la razón?

No parece lógico pues, que deba renunciar a entender aquello que la Revelación me propone. Si buscas la verdad, debes de hacerlo con todo tu ser, con tu persona entera. Así lo entendió Gilbert K. Chesterton quien nos dejó su célebre frase: “Cuando entro en una iglesia, me quito el sombrero, pero no la cabeza”.

Quitarse el sombrero es más que una costumbre o un signo de buena educación. Es un gesto que ilustra el acto de descubrirse para poder descubrir. Quitarse el sombrero es dejar de lado la opinión para entrar honradamente en la búsqueda de la verdad. Es quedarse un tanto desnudo, desprovisto, incluso algo humillado en la pretensión de querer dominarlo todo. Quitarse el sombrero es el signo que define mejor a la razón humilde, que es la única que puede progresar hacia el conocimiento de la verdad. Es así, porque la Verdad misma es humilde, y se esconde ante las miradas soberbias. Quitarse el sombrero es un gesto que expresa un acto interior, dejar libre la cabeza para que pueda ser iluminada. Así nos busca Dios: sin sombreros que oscurecen nuestra inteligencia, sin prejuicios que entorpecen la misma razón.

Quítate el sombrero para que tu inteligencia pueda recibir La Luz de la Verdad divina. Pero no te quites la cabeza, por favor. Sin ella morirías.

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